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La posibilidad de que un ciudadano promedio llegue al espacio está a la vuelta de la esquina, gracias a los avances tecnológicos recientes.

Por ahora, habría que tener mucho dinero -$100,000, para ser exactos- o recibir un remoto, pero oportuno golpe de suerte.

La campaña “The Voyage”, lanzada por Heineken, llevó a un grupo de personas a la sede de la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio (NASA, por sus siglas en inglés) en Houston, Texas, para que tuvieran una experiencia de capacitación espacial y realizaran algunas de las arduas pruebas que se les exige a los astronautas, con miras a que algún día logren ese tan codiciado Boleto al espacio.

Se trata de un concurso, que aún no termina, que dará a dos personas –de un total de 200 concursantes- la oportunidad de abordar una nave Lynx de la compañía Space Expedition Company, cruzar la atmósfera y explorar el espacio. Se prevé que el Lynx inicie los vuelos comerciales al espacio a principios del 2015.

Tres canadienses, un bermudeño, un holandés, cinco italianos, dos chilenos, cuatro búlgaros, dos indios y tres puertorriqueños, entre los que estaba este fotoperiodista, trabajamos juntos para demostrar nuestras habilidades individuales en busca de aumentar las probabilidades de ser seleccionados para el viaje al espacio.

Una nota periodística sobre la presentación en abril pasado de los dos ganadores puertorriqueños que participarían del entrenamiento espacial fue lo que me abrió la puerta a los dos días de entrenamiento.

Aunque con unas cuantas libras de más por las cámaras y otros instrumentos de trabajo, pasé por todo lo que los concursantes pasaron en igualdad de condición.

Con maleta y cámaras, llegué temprano al aeropuerto internacional “Luis Muñoz Marín”, en Carolina, para el viaje a Houston. Allí, estreché por segunda ocasión la mano de Roberto Collazo, el boricua ganador, un hombre humilde, amigable y, por supuesto, fiel bebedor de Heineken. Luego, nos unimos a mi compueblana ponceña Gabriela Rivera para completar así la representación boricua.

Al llegar al aeropuerto intercontinental “George Bush”, en Houston, un individuo enchaquetado y con gorra de chofer que sostenía un cartel que leía “Heneiken” nos trazó la ruta. Con sus atuendos y bultos alusivos a la marca de la cerveza holandesa, Gabriela y Roberto despertaron la curiosidad de Alexandre Beattie, ganador del concurso en Canadá y quien también esperaba su pon para el hotel.

Una hora después, estábamos en el Hilton Houston NASA Clear Lake Hotel, donde una representante de Heineken nos dijo que descansáramos brevemente porque saldríamos al Johnson Space Center para cenar y conocer al resto de los participantes de la competencia. Ese fue el principio de una experiencia de dos días llena de actividades y visitas a lugares interesantes y muy educativos, pero cuyo principal atractivo -coincidimos todos los presentes- fue el junte de un grupo tan variado de personas.

El Centro Espacial Lyndon B. Johnson es el sitio de control terrestre de toda misión espacial. Allí se realiza el entrenamiento de los astronautas.

El espacio, con más de 16,000 acres, alberga múltiples instalaciones. Allí, por ejemplo, fue donde estuvieron en cuarentena, tras su regreso, los primeros astronautas que viajaron a la Luna. El lugar alberga, además, las primeras rocas lunares que se trajeron a la Tierra y muchos de los artefactos que quedan de las primeras décadas del programa espacial de los Estados Unidos.

El primer lugar que visitamos fue el centro de visitantes del Centro Espacial Lyndon B. Johnson. Se trata de una instalación educativa y de entretenimiento sobre la historia de la exploración espacial construida en 1992. Tiene 180,000 pies cuadrados de exhibiciones, galerías, maquetas, trajes espaciales, un teatro que ofrece a los turistas una simulación de un verdadero despegue espacial, el módulo “Living in Space” que muestra las complicaciones de vivir en un entorno de microgravedad, entre otras atracciones.

Un astronauta retirado nos habló de los retos que conlleva su profesión. En cuestión de minutos, Ken Cameron, quien realizó tres misiones espaciales entre 1985 y 1995, compartió innumerables datos relacionados con los viajes espaciales. A juzgar por la expresión de los presentes, lo que más impresionó fue saber que la Estación Espacial Internacional (EEI) viaja a 17,500 millas por hora y puede darle la vuelta a la Tierra en 90 minutos.

¿Imaginas pasar del día a la noche, y de vuelta al día en 90 minutos? Pues eso es lo que viven los astronautas destacados en la EEI.

“Les voy a dar la versión rápida de la explicación sobre los vuelos espaciales”, anticipó Cameron.

El experimentado astronauta relató que, contrario a lo que generalmente se piensa, sí hay gravedad en el espacio y “funciona perfectamente”. ¿Pero, entonces, si no hay gravedad, cómo se explica que las personas floten?

La gravedad es lo que sostiene a la Luna girando alrededor de la Tierra y es lo que aguanta a la Tierra girando alrededor del Sol. Sin embargo, como allá arriba no hay resistencia del aire y, por tanto, no hay fricción que afecte la velocidad de la nave, cuando el vehículo espacial alcanza una altura de 50 millas sobre la atmósfera de la Tierra, el piloto la coloca de forma horizontal para mantenerse a una velocidad de 17,500 millas por hora en órbita. La velocidad crea en los objetos y los humanos que están sueltos dentro de la nave un efecto de caída libre, que es lo que hace que floten.

“Sus celulares tienen más potencia de cálculo o son computadoras mucho más avanzadas que estas terminales que enviaron a un hombre a la Luna”.
-NASA

“H ouston, we have a problem”, fue lo primero que me vino a la mente cuando entré al cuarto del Centro de Control de Mando. Desde allí, se establece la comunicación con la Estación Espacial Internacional. También es donde controladores de vuelo apoyan las operaciones aeroespaciales de vehículos, desde el despegue hasta el aterrizaje o el fin de la misión.

Una versión de la célebre frase se escuchó hace 44 años, cuando los astronautas del Apolo XIII vieron frustrado su sueño de pisar la Luna, tras unos desperfectos con la nave que los obligaron a abortar la misión y regresar a la Tierra. “Houston, we've had a problem here” fue lo dijo el astronauta Jack Swigert luego que se sintiera una explosión en el Apolo XIII. En 1992, la película Apollo 13, que recreó la odisea de la fallida misión, alteró la frase y la puso en boca del personaje de James Lovell.

Un equipo de controladores de vuelo y otro personal de apoyo supervisaban todos los aspectos de la misión actual en la estación, tales como los sistemas, la salud de los astronautas y la seguridad de misión.

Distinto a como se proyecta en las películas, el día de nuestra visita, solo 10 personas trabajaban en tan importante gestión. Aún así era muy impresionante ver las pantallas que mostraban la trayectoria de la EEI y los trabajos de los miembros de la actual tripulación, a quienes pudimos ver flotando mientras entraban y salían de los módulos.

El primer día que entré al centro de visitantes del Centro Espacial Lindon B. Johnson, de inmediato giré la vista hacia una estructura enorme que colgaba del techo. Ahí estaba un modelo a escala de la Estación Espacial Internacional. El tamaño es impresionante. Luego de quedar atónitos por las pantallas y de entender un poco la responsabilidad de aquellas personas con los micrófonos y auriculares, nos movimos al histórico Centro de Control de Mando de las misiones de Apolo.

Al igual que el Centro de Control de Mando actual, las paredes del salón se encuentran llenas de los parches de las decenas de misiones que se controlaron desde allí. El tiempo se paró por un momento. El cuarto es una cápsula de tiempo atascada en la década del 1960. No esperé a que nadie se acomodara y me instalé en las primeras filas para no perderme ningún detalle de la charla. Fue aquí donde escuché la mejor cita del viaje. “Sus celulares tienen más potencia de cálculo o son computadoras mucho más avanzadas que estas terminales que enviaron a un hombre a la Luna”.

Las máquinas en este cuarto no eran realmente computadoras, sino terminales que se conectaban a una computadora central en el primer piso del edificio.

El antiguo “Mission Control” de la era Apolo XIII, fue la sala que estuvo en funcionamiento desde junio de 1964 hasta julio de 1995 y desde donde se controló la histórica llegada del Apolo XI a la Luna, el 20 de julio de 1969. “Houston, el Águila ha aterrizado”, fueron ese día las históricas palabras, junto con las de Neil Armstrong: “Un pequeño paso para el hombre, un enorme salto para la humanidad”, dijo el primer astronauta que pisó el satélite de la Tierra.

En total, 113 misiones se manejaron desde ese histórico centro de control, que ha sido recreado en tantas películas de temática espacial, como Apolo 13.

Siguiendo la travesía en guagua por las instalaciones, divisé a lo lejos lo que parecía eran unos cohetes de tamaño real y un hangar gigantesco. Al llegar, nos percatamos que nos habían traído al Rocket Park, o Parque de Cohetes, para ver el gigantesco Saturno V, una nave espacial de los inicios del programa espacial.

El cohete es un ícono de la ingeniería mecánica. Creado en 1967, fue para su tiempo el cohete más grande que se haya construido, y se utilizó para las primera misiones a la Luna.

Colocado de forma horizontal en unas plataformas, pareciera que la majestuosa máquina cilíndrica no tiene fin. Con más de 360 pies de altura y 33 pies de diámetro, y con una masa de casi 3,000 toneladas, el Saturno V podía enviar 118 toneladas a la órbita baja terrestre. El cohete constaba de tres fases y la unidad de instrumentos, que fueron construidas por varios contratistas de la NASA, algunos de los cuales hoy forman parte de la compañía Boeing.

El Saturno V es una de las máquinas más impresionantes de la historia humana.

Ya algo cansados, el grupo se montó una vez más en el transporte que nos movía por los 16,000 acres de terreno de la NASA.

El Laboratorio de Flotabilidad Neutra del Centro Espacial Johnson de la NASA es la piscina interior más grande del mundo, y se usa para entrenar astronautas al simular condiciones de poca gravedad.

Por cada hora que un astronauta va a estar en el espacio, tiene que pasar seis horas de práctica en la piscina. También se les hacen pruebas adicionales en un sitio que imita la superficie marciana rocosa, para ayudar a evaluar la demanda de movilidad, comodidad y rendimiento.

La piscina tiene 202 pies de largo, 102 pies de ancho y 40 pies de profundidad (20 pies sobre el nivel del suelo y 20 pies hacia abajo), y cuenta con 6.2 millones de galones de agua.

El laboratorio proporciona operaciones de flotabilidad neutra controladas para simular la ausencia de peso que se experimenta en el espacio. Es una herramienta esencial para el diseño de los futuros programas de la NASA y las pruebas y el desarrollo de la Estación Espacial Internacional

Sin embargo, el uso de la piscina tiene sus desventajas a la hora de simular la micro gravedad. Por ejemplo, la resistencia presentada por el agua hace que sea difícil ubicar y manejar un objeto en movimiento. También hace que sea más fácil mantener el objeto estacionario. Este efecto es el contrario a lo que se experimenta en el espacio, en el que es fácil de configurar un objeto en movimiento, pero muy difícil mantenerlo quieto.

En ese momento, no había potenciales astronautas entrenando.

Después de quedarme algo atrás en el “tour” por estar haciendo un tiro de cámara aquí y otro allá, me percaté que Roberto controlaba un “joy stick” o palanca de control, que permitía manejar, desde donde estábamos, una cámara sumergida frente a un módulo que estaba dentro de la piscina. Con ella, intentamos localizar a unos buzos, que según nos explicó el guía, eran de una producción de National Geographic.

El Edificio 9 alberga las Facilidades de Modelos a Escala de Vehículos Espaciales, incluyendo maquetas a gran escala de algunos de los módulos de la estación espacial. También hay prototipos de vehículos en desarrollo o Multi-Purpose Crew Vehicle del proyecto Orión y una maqueta en tamaño real de un transbordador.

Caminamos entre vehículos que son desarrollados para futuras misiones, entramos a varios de los modelos de entrenamiento y nos paseamos por algunos de los modelos idénticos a los que hay en la EEI.

Uno de los vehículos llamó la atención, porque tenía un traje espacial adherido en el exterior de la cabina.

Al seguir el recorrido, me di cuenta que estábamos en lo que denominaría como la escuela de astronautas. El más visible de los artefactos es el Compartimiento de Tripulación de Entrenamiento, que se compone de la parte frontal de una nave espacial.

También pasamos al interior de la maqueta del módulo estadounidense de la EEI, llamado Harmony. El Harmony, o Armonía (en español), conecta con el módulo ruso Zarya, o Amanecer, en español.

Después de recorrer la instalación, entendí que aquí apenas se duerme. Junto con el entrenamiento diario de la estación, la configuración del entrenamiento de la nave Orión, evaluaciones de ingeniería y futuras actividades de carga y tripulación comercial, no hay escasez de trabajo para mantener el personal del “Building 9” ocupado.




Como si se tratara de un trabajo de escuela, cuando dijeron “divídanse en grupos”, cada cual se mantuvo con quienes se sentía más cómodo. A los tres boricuas se nos unieron Norbert Graves, de las Antillas Holandesas, y el búlgaro Vanyo Slavov.

Y nos dieron las instrucciones: en una hora, debíamos crear un cohete de propulsión por agua utilizando como materiales cartón, hilo, una botella de soda de 2 litros y cinta adhesiva, entre otros recursos.

“Ahora tengo muchos científicos, que van a enseñar a la NASA cómo hacer cohetes”, dijo el mentor del grupo. “NASA siempre está a la disposición de aprender en todos los niveles, porque es así cuando surgen cosas nuevas, es aquí donde se empieza”, explicó.

Entregaron la hoja con las instrucciones. Nosotros tendríamos que implementar nuestras propias ideas, apoyadas con leyes básicas de física.

El cohete tenía que sostenerse verticalmente y había que equiparlo con un paracaídas que se desplegaría una vez el cohete alcanzara su altura máxima. Además, había que cumplir con un presupuesto de materiales.

Los puertorriqueños Gabriela y Roberto trabajaron en la base para sostener la botella, mientras Vanyo, Norbert o DJ Eclipse -como le llaman donde vive-, y yo trabajamos en el diseño del paracaídas y del cuerpo del cohete.

“Ten minutes”, dijo en voz alta el mentor y todos los grupos se aceleraron, pero ninguno se quedó sin cumplir con la primera fase de la tarea: el diseño y construcción. Ahora, tendríamos que probar si el cohete volaba y aterrizaba.

Después de colocarle nuestros nombres, fuimos hacia una plataforma de lanzamiento en el exterior del centro de visitantes del Centro Espacial.

El primer cohete en ser lanzado fue el que alcanzó la mayor altura. Era del grupo compuesto por la canadiense, dos búlgaros, un chileno y el bermudeño. Todos nos quedamos atónitos con la distancia que alcanzó, incluyendo el mentor, quien señaló que ese ha sido el cohete que mayor altura ha alcanzado en todas las veces que se ha hecho ese ejercicio. Claramente, su diseño aerodinámico fue muy efectivo para cortar el viento, sin embargo, se estrelló porque no le abrió el paracaídas.

Nuestro cohete también alcanzó gran altura, pero no cumplió con el requerimiento de que regresara a salvo. Gabriela fue la que activó el mecanismo para el lance y todos seguimos con la vista el cohete. Por un momento, pareció que se iba a desplegar la bolsa plástica que haría la función de paracaídas, pero no fue así. La cara de decepción de Roberto fue muy palpable cuando el “bottle rocket” se estrelló contra el asfalto. Cabizbajo, recogió lo que quedó del cohete y mientras caminaba se cuestionaba junto a Vanyo cual había sido el problema.

“Con la guardia monga”, como dicen por ahí, el grupo de los italianos se robó el “show” cuando su cohete, que no subió muy alto, sí desplegó el paracaídas. “Grazie, grazie”, decía Renzo Maneffa muy emocionado por la victoria, luego que el mentor los declarara ganadores por cumplir con todos los requerimientos de la prueba.

Otra de las actividades que realizamos en el Centro Espacial fue la construcción de un modelo a escala de un vehículo espacial terrestre. Nunca pensé que me arrepentiría de no haber sido fanático de jugar con “Legos” cuando niño, luego de encontrarme de frente con 10 recipientes llenos de cientos de piezas interconectables.

Teníamos una hora para construir un vehículo robótico que tuviera la capacidad de moverse adelante y hacia atrás, girar hacia los lados y poder recoger objetos del suelo. El equipo compuesto por dos canadienses y tres puertorriqueños decidió dividirse las labores. Los boricuas nos encargaríamos del chasis o la estructura que sostiene y aporta la rigidez del vehículo, y los de Canadá trabajarían en el ensamblaje de una palanca que tuviera la capacidad de extenderse, subir y bajar y, finalmente, poder agarrar una pequeña piedra.

Después de varios minutos de “brainstorming” entre isleños, intentamos una versión de cuatro ruedas, pero nos dimos cuenta que si el diseño llevaba solo tres ruedas, con la capacidad de girar en las gomas frontales, el viraje sería más efectivo.

La más joven del grupo, la ponceña Gabriela, se dio cuenta de que el brazo mecánico era muy largo para el diseño del chasis, así que -con el reloj en contra- hicimos ajustes para lograr la mejor funcionalidad. El instructor quedó muy complacido con el diseño.

Antes de retirarnos a la próxima experiencia, cada participante tomó fotos de su obra con el celular. “Lo que se debe hacer es poner la bandera puertorriqueña en la cabina y la bandera de Canadá en el brazo”, dijo Alexandre Beattie, oriundo de Montreal. Así lo hicimos.

Distinto a lo que pensábamos, la prueba final no sería en un simulador, sino en un avión real de entrenamiento acrobático.

El día antes del vuelo y al llegar en la noche a la habitación del hotel, encontré un traje de vuelo azul encima de la cama. Tenía el parche de la bandera de Puerto Rico y mi nombre. Bajé al “lobby” y leí en el itinerario que ponían diariamente: “Puerto Rico and Canadá - 1:00 P.M. - Acrobatic Flight at Ellington Air Field”, lo cual me sacó una gran sonrisa.

Al llegar al hangar, presenciamos el despegue del grupo de los italianos. ¿Cómo te sientes?, pregunté a Roberto, quien no lucía muy contento con la idea de volar. “Estoy bien asustado”, respondió.

Previo al vuelo, el piloto Tom Smith, mejor conocido por su nombre en código Spartan, nos dio un informe sobre el vuelo. Volaríamos en un Marchetti SF-260, un avión ligero de entrenamiento fabricado en Italia.

Spartan advirtió: “uno de los pasos para poder llegar a montarse en el Lynx es experimentar fuerzas G. Si les gustan las montañas rusas, esto les va a gustar”.

El propósito principal del vuelo era experimentar las sensaciones que se sentirían si se vuela en el Lynx. Luego de subir a una altura de 4,500 pies, el piloto bajaría la nariz del avión 70 grados para que los ocupantes sintiéramos por 10 segundos la sensación de 0G, que es el equivalente a flotar, como ocurre en el espacio.

Luego, para simular cómo sería el descenso del Lynx, el piloto haría un giro en espiral de 60 grados, manteniendo la fuerza de 4G por 30 segundos.

“Cuando se sienten los 4G, el cerebro envía una señal de que necesita más sangre, porque la misma está siendo presionada y el corazón trabaja más de lo normal, y empieza a bombear rápidamente. Cuando se sale de la fuerza G, uno se siente cansado, pero es una reacción normal del cuerpo”, explicó Spartan.

Advirtió que también podríamos sufrir mareos por el ambiente tridimensional de la cabina, pero que en caso de que alguien quisiera vomitar, habría varias bolsas disponibles. Roberto le reclamó “me four”, refiriéndose a la cantidad de bolsas que necesitaría.

Al regreso de los canadienses, Shannon Cowie, quien es piloto de profesión en su natal Canadá, se bajó del avión más emocionada que nadie. Fue la única que por sus conocimientos de vuelo manejó completamente la nave. “Fue impresionante”, dijo mientras saltaba del ala del avión para bajar.

Ahora el turno era para Gabriela y Roberto. Se pusieron los cascos, y caminaron hacia cada una de sus naves. Se colocaron unos paracaídas que usarían en caso de emergencia, recibieron unas breves instrucciones de los instrumentos de la nave y despegaron.

Al ver los videos tomados desde el interior de las cabinas, Gabriela lució emocionada. Gritó y aplaudió cuando hacían volteretas en el aire y hasta hizo fotos con su celular.

En cambio, Roberto no la pasó tan bien. No pudo controlar bien la palanca de la nave y, cuando llegó el momento del giro con fuerza de 4G, lo único que podía decir era “wow” y “oh, my God” hasta que se le acabaron las palabras y vomitó en una bolsa. “No more, please”, le dijo al piloto y su plan de vuelo quedó incompleto.

Finalmente, llegó mi turno. Casco en mano, bajé a la pista, puse las cámaras en automático y le di una clase de composición fotográfica de minuto y medio a Gabriela para que registrara mi experiencia desde tierra.

Me disfruté el largo camino por la pista y subí al SF-260, donde coloqué una segunda cámara. Despegamos más rápido de lo que esperaba y alcanzamos gran altura, cosa que me tomó por sorpresa.

La tarde estaba perfecta. El sol brillaba fuertemente y lo único que pensaba era en la bonita luz que iban a tener mis imágenes. Admito que cuando subimos ya quería bajar para ver los videos y las fotos, hasta que hicimos el ejercicio de simular la fuerza de 0G. El avión alcanzó gran altura y cuando la nariz cayó y cambió de dirección tan rápidamente no sentía ningún peso. Mis brazos se levantaban solos. Solo fueron 10 segundos, pero la sensación fue muy particular. Aún cierro los ojos y la recuerdo.

Muy distinta fue la sensación de la fuerza 4G. Fue el momento más álgido, tal vez porque duró más. Esos treinta segundos de no poder levantar los brazos porque se ha triplicado el peso del cuerpo es una de las experiencias más intensas que he sentido.

“¿Quieres hacer vueltas acrobáticas? ¿Quieres pilotar brevemente la nave?”, preguntó el piloto de mi vuelo, Bluto, a lo que respondía siempre “sure”.

Al aterrizar Shannon, Gabriela y Roberto me esperaban con preguntas. “¿Te gustó? ¿Cómo te sentiste? ¿Vomitaste?”. “Espectacular” fue la mejor palabra que podía usar para describir la experiencia.


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Foto / Videos / Redacción: Ramón “Tonito” Zayas
Diseño / Programación: Edward Camacho y Mike Henríquez
Edición: Patricia Rivera
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