• Mururi, Kenia. África sorprende.
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  • No vimos al elefante, la jirafa ni el león. Tampoco llené la libreta de pobreza y pesimismo. Hay algo más que contar, lecciones que sólo he aprendido en los campos y las barriadas de Kenia, sobre todo lo que ella me enseñó: Margaret Wangui.   

    La  tierra color ocre de los campos kenianos sostiene los pies de seres humanos admirables que aún  cantan, bailan y sonríen por encima de las carencias letales que sobreviven cada vez que el sol borra la imperante oscuridad de la noche, que abre paso a incontables estrellas, dejando al descubierto el interminable verdor de sus llanuras.

    “Queremos que vayas con nosotros a África”, me dijo el doctor Jesús Hernández, fundador de A África con Amor, uno de los protagonistas de Héroes de mi Pueblo 2012.

    La invitación era para el pueblo de Mururi, Kenia, donde construye desde 2010, gracias a donaciones puertorriqueñas, un orfanato.

    ¿África? La posibilidad de ir al continente que estudiosos señalan como cuna de la humanidad era tan lejana como las 7,089 millas que hay que viajar para llegar “al otro lado del charco”.  Era una oportunidad extraordinaria, de esas que hay que decir sí o sí, independientemente de lo desafíos de salud, profesionales y emocionales que conlleve, porque no sabemos si volverán o si son parte del plan trazado para nuestras vidas. De algo sí estaba segura, mi travesía no sería desconcertante y peligrosa como la que durante cuatro siglos sufrieron los esclavos traídos al continente por los poderes coloniales. Son otros tiempos.    

    Al poco tiempo después de la invitación, me bajé de  la montaña rusa de mis pensamientos y decidí echar a correr la rueda con una propuesta de historias para el periódico, sin la certeza de que llegaría a Kenia, pero, había que intentarlo. Finalmente, escuché las palabras: “¡Te vas para África!”.

    Ya no era imposible. La distancia que me separaba del suelo que caminaron muchos de nuestros antepasados puertorriqueños se iba acortando. Entonces, los preparativos empezaron: vacunas, repelente, medicinas, meriendas nutritivas, botas, libretas, bolígrafos, grabadoras, baterías, vestimenta clara, etcétera.

    Finalmente, inicié, junto al compañero fotoperiodista Xavier Araújo, un viaje de 20 horas hacia un lugar tan lejos de la Isla, pero, a la misma vez, tan cerca de lo que somos. 

    Sábado 20 de abril, 3:10 p.m.

    El primer contacto con África lo tuvimos en Chicago O’Hare International Airport cuando escuchamos hablar a dos mujeres que se dirigían a Mombasa, la segunda ciudad más grande de Kenia. Sus rostros se unieron al resto de los otros no familiares que seguiríamos encontrando de camino, especialmente al llegar –luego de diez horas de vuelo– a Estambul, Turquía, nuestra segunda parada, y desde donde iniciaríamos rumbo a la capital de Kenia, Nairobi. Allí, era inevitable enfocar la vista en lo extraño: mujeres con burcas y pañuelos sobre sus cabellos, que nos anunciaban que llegábamos a una nación predominantemente musulmana. Desde allí se observaba una ciudad con llamativas mezquitas que invitaban a adentrarse entre sus calles, pero ese no era el momento.

    Lunes, 22 de abril, 2:25 a.m., aeropuerto internacional de Jomo Kenyatta

    Al fin en África. La noche, sin embargo, continuaba manteniendo un manto de intriga sobre el país; teníamos que esperar hasta el amanecer. Procedimos a solicitar nuestras visas y esperar a Hernández. Entonces, a Xavier se le ocurrió prender la radio del ipod para comenzar a experimentar a África a través de los ritmos y las voces africanas –aunque ya habíamos iniciado conversaciones sobre la música del continente porque, para mi sorpresa, nuestro fotoperiodista aprecia desde hace algún tiempo la música de allá, lo que era una buena señal. Y empezamos a escucharlos, sin sospechar que horas más tarde nuestros rostros sonreirían al presenciar la primera de varias interpretaciones con la que los kenianos nos honrarían, algunos para darnos la bienvenida, otros para mostrarnos que la música les alegra los días.

    Inició el maratón. De Nairobi nos dirigimos hacia el área rural de Kenol, donde nos hospedaríamos por seis días; mientras tanto, llamaba la atención los matatu –autobuses para pasajeros que transitaban a nuestro lado con trabajadores apiñados, que, al igual que nosotros, se arriesgan a conducir  por una avenida carente de faros. Al arribar al hospedaje, la experiencia africana se intensificó: no había aire acondicionado ni abanico, sino un femenino mosquitero que intentaría protegernos de las picadas que transmiten enfermedades como la malaria. Una vez allí adentro, no había muchas opciones: dormir, leer o adelantar trabajo; no había televisión ni mucho menos conexión Wi Fi.

    Del otro lado del mundo

    El amanecer nos descubrió otra sociedad: un paisaje de llanuras cultivadas principalmente por mujeres –con pañuelos de colores sobre sus cabezas y  faldas– que doblan sus espaldas por horas, en posición de 90 grados, para sembrar o cosechar la piña, el arroz, el maíz, el café, la caña de azúcar, los frijoles, los guineos, los mangos, las papás, en fin, los frutos de la tierra que ansían vender en el mercado más cercano o quioscos ambulantes –hechos con palos de madera y dispersos a la orilla de la autopista. Ellas, sin lugar a dudas, son las protagonistas de los sembradíos kenianos.

    Para el resto de las tareas del área rural, están mayormente los hombres. Se les ve pastoreando vacas y ovejas y corriendo bicicletas que cargan frutos cultivados o leña. También están los que cortan la piedra con la que hacen bloques; los que cargan libras de alimentos sobre sus espaldas o cabezas; los que esperan a la motora o el autobús que les acortará la caminata; y los que montan carretas empujadas por burros, trayendo a la memoria a los gladiadores romanos. Todos salen de entre la vegetación, con la esperanza de regresar a sus hogares con los chelines (moneda keniana) que les permitan sobrevivir.

    Mientras tanto, otros caminan, caminan y caminan, solos o acompañados, niños, niñas, jóvenes o adultos, con zapatos o descalzos, a lo largo de extensas carreteras que surcan el paisaje keniano, captando la curiosidad del observador que se pregunta hacia donde los llevará sus pies, polvorientos y cansados.

    Hasta allá no llegan las grandes cadenas por departamento de Estados Unidos ni mucho menos los restaurantes de comida rápida. Allí lo que se vende es lo que ellos producen, especialmente el arroz, que colocan como alfombra blanca sobre las esquinas de los mercados.    

     

    Eran escenas que se repetían una y otra vez, no importa a qué área rural fuéramos, y que me llevaron a lamentar lo que sólo conocí en los libros de historia, lo que alguna vez abundaba en el paisaje puertorriqueño; no por la nostalgia al pasado sino porque es admirable saber que el hombre y la mujer africana consume lo que produce.

    Sus largos recorridos a pie, además, revelan el esfuerzo constante por sobrevivir. ¿Cómo cansarme de ahora en adelante con esa imagen en mi memoria? Si ellos, en sus asfixiantes circunstancias de vida siguen el paso, ¿cómo detener la marcha por mucho tiempo?

    Eventualmente, las caras de la carretera fueron cambiando por los rostros de Mururi. Entramos a través de un camino de tierra roja que cruza varias siembras, acentuadas con chozas salteadas entre los árboles. Nos estaban esperando. La comunidad recibió a los wazungu  (palabra suajili en plural que significa gente blanca) con un coro de voces que también bailaban al ritmo de una improvisada coreografía. Estaban felices: la jornada humanitaria daba inicio con servicios de salud y entrega de juguetes, comida y ropa. Entre tanto, Xavier y yo empezábamos la búsqueda de historias para contar, y de rostros y emociones para detener en el tiempo.

    Trabajaríamos en las instalaciones del orfanato, que está bastante adelantado; le falta la construcción final de los cuartos y la escuela, la electricidad y otros asuntos, antes de pasar al proceso de administración, que también costeará la organización. La fecha aproximada de inauguración es a principios de 2015.

    Fue allí, entre esos nuevos rostros, que conocimos a Margaret Wangui.

    La niña de 12 años es la hermana mayor de una familia de cuatro hijos y una madre, Ana Karimi, a quien nunca conocimos durante los tres días de jornada porque siempre estaba trabajando en las siembras, lavando ropa u otras tareas –ver nota Manos boricuas que alivian el dolor. Por eso era usual ver a Margaret cargando a la bebé sobre su espalda –le tocaba asumir el rol de madre. Llegó hasta el orfanato porque Sara tenía una mano quemada, desde hace varios días, y necesitaba atención médica.   

    Buscando a Sara

    La primera vez que escuché hablar de las hermanas fue durante el segundo día de la jornada, cuando regresábamos al orfanatorio para darle seguimiento al tratamiento. No sabíamos donde vivía ni su nombre, así que Hernández le preguntó a uno de los trabajadores del orfanato, Steven Catumbe.

    Hernández: “Papa (Catumbe), por favor, ven acá. ¿Recuerdas a la bebé de ayer? ¿Sabes dónde vive?”.

    Catumbe: “Ella vive allí, déjame ir”.

    Fuimos con Catumbe hasta la choza y allí la encontramos, acostada sobre una cama. Margaret había salido, pero Kevin, su hermano, estaba al pendiente de la bebé, mientras también cocinaba frijoles y papas en el segundo cuarto de la casa de madera y techo de zinc.

    Pedimos permiso y nos llevamos a Sara al exterior. La doctora Blanca Plaza y el enfermero Juan Rivera, ambos de Adjuntas, serían quienes le darían la atención médica. Se improvisó, entonces, la oficina médica: una toalla desechable tendida sobre la hierba y, a uno de los lados, las tijeras, las gazas, los vendajes y los medicamentos.

    Sara comenzó a llorar.   

    Plaza: “Ya bebé, te estamos ayudando”.

    Rivera: “¿Cómo se llama?”

    Plaza: “Bebé”.

    Rivera: “Vamos a ponerle bebé”.

    Varios minutos después conocimos su nombre. “Se llama Sara”, nos dijo una de las mujeres de la comunidad que habían llegado al lugar atraídas por la labor de los misioneros. Preguntamos por su apellido, pero nadie nos supo decir.

    Entre las mujeres estaba Mandris Kaimliri. Comenzamos a platicar con ella porque se quedó con Sara luego del tratamiento. La joven de 22 años, agricultora y madre de dos, nos contó que le habría gustado ser maestra o tener un negocio propio, pero, por el momento, eso es algo difícil de lograr porque no terminó la escuela. “Cuando mi padre murió, mi madre no tenía suficiente dinero para llevarme a la escuela”, mencionó, ya que aunque el nivel primario es gratuito, el secundario no. Por eso quiere que sus hijos aprendan “porque sus vidas serían mejor que la mía”. 

    Aún así, con su poca instrucción académica, la joven nos dio una lección: “La vida a veces es muy fuerte, otras veces es buena, pero tú tienes que escoger; si te enfocas, tu vida puede ser buena”.

    Para Mandris, la llegada de los puertorriqueños fue motivo de alegría porque “son buenas personas. Lo puedo ver en sus acciones”, compartió segundos antes de mezclarse en un abrazo con la doctora Blanca.  

    La conversación siguió fluyendo, pero Hernández llegó y debíamos irnos, no sin antes que la chica nos echara la bendición. “Que Dios los bendiga”, dijo.

    Miércoles 24 de abril de 2013

    El tercer día de la misión tuvimos la oportunidad de desayunar con Hernández, junto a varios de los misioneros. Entre sorbo y bocado, nos contó que luego de siete años en Etiopía continuó su obra social a favor de erradicar el hambre en África, pero desde Kenia. Años después entendió que quería hacer “algo más, no era suficiente seguir dando comida”.

    Fue entonces que la posibilidad de darle refugio a los huérfanos de Mururi se convirtió en su nuevo proyecto de vida. Según pasaban los años, el “hombre que respira África”  iba aferrándose aún más a su trabajo humanitario, mientras, al mismo tiempo, aprendía a vivir.

    Hernández: “La obra misionera es aprender a vivir”. 

    Reportera: ¿Cómo has aprendido a vivir?

    Hernández: “Sufriendo. Para aprender a vivir tienes que pasar por un calvario, donde se moldea el carácter y cambias de temperamento”.   

    Ingenio que divierte

    Al día siguiente, de camino a una escuela en el pueblo de Mwea, observamos a un grupo de niños jugar con bolsas plásticas sobre la tierra. A otros los vimos entretenerse con dos ruedas y un palito que las impulsaba; una goma de motora que movía con un pequeño palito; o con improvisadas bolas de fútbol –la ‘trapo ‘e bola’. Viven así una infancia que requiere imaginación e ingenio porque no hay dinero para juguetes. Por ejemplo, Christie Adihambo, de 10 años, sólo tiene una muñeca, aunque ahora dos porque la misión le regaló una.

    A las niñas, en particular, se les puede ver jugar o caminar vestidas con trajes de colores que aquí usarían para un cumpleaños, fiesta u ocasión especial. Pues allá no. Si es ropa, y eso es lo que ahí, aunque esté desgarrado o sucio, y las combinen con sandalias polvorientas, lo usan, y captan las miradas como si estuvieran modelando sobre una pasarela. Margaret es una de ellas. El primer día de la misión tenía puesto un traje blanco con círculos negros. Era inevitable no mirarla.

    Busca mañana la segunda parte de la crónica El adiós de Margaret Wangui