• Mwea, Kenia. A Margaret Wangui no la volvimos a ver hasta el 27 de abril.
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  • Dos días antes de ese sábado, visitamos una escuela en Mwea y el slum (barrio pobre) de Kibera, en Nairobi, que es el segundo más grande en el continente.  

    “¿Más pobre que yo?”

    Al llegar a la escuela, decenas de adultos y niños esperaban paciente y esperanzados por los servicios de salud. Entre ellos conocimos a Nancy Njeri, de 34 años y madre de dos niñas y un niño.

    Desde hace cinco años, Njeri sufre de problemas con la tiroide, pero nunca ha sido medicada. La única alternativa que le han dado es una operación que tendría que costear, lo que no puede con el sueldo de empleada de mantenimiento ni el de su esposo, que es maestro. Ella gana $200 y él $375, es decir, $575 mensuales. En particular, el sueldo de Njeri menguaría si necesitara pedir un préstamo, porque le tendrían que descontar los pagos de su salario. Sin embargo, la mujer está dispuesta a hacer sacrificios si se trata de la educación de su hijo mayor, Ian Muchira. “Yo haría cualquier cosa para que él pueda ir a la escuela. Si lo educo, él tendrá un trabajo, puede tener una vida agradable. Él quiere ser ingeniero”, mencionó.   

    Al escucharla hablar, recordé la miseria que aprisiona a Margaret y sus hermanos y no pude evitar decirle: “He conocido gente más pobre que tú, ¿qué piensas de eso?”

    Njeri: “¿Más pobre que yo? (Ríe) Para mí, eso es una pregunta muy difícil de contestar…”.

    Su respuesta me paralizó. Me hizo recordar un pensamiento que revolotea en mi mente desde hace varios meses: las circunstancias que nos rodean tienen el potencial de aislarnos y ahogarnos si no miramos la “fotografía” desde lo alto, porque estamos tan “close-up” a los problemas que no podemos ver las salidas ni mucho menos reconocer que hay otros enfrentando situaciones más espinosas que las nuestras.  

    “Me dan pena, pero no tengo nada que darles”, añadió a su respuesta.

    En las entrañas de Kibera

    Al día siguiente nos fuimos para Kibera, al sureste de Nairobi.

    Kibera es uno de los barrios más pobres de África, donde hay personas viven con menos de $1 al día (80 chelines).  En la nota de Esta no es mi vida les conté la historia de Priscilla Rehema, una joven madre que cree que algún día saldrá del círculo de la pobreza, que aprisiona a unas 700,000 personas que viven en el slum. También les hablé de Esther Wambui, la joven que en el 2007 creó un centro para educar y alimentar a 15 niños de la comunidad y de las que le conté en la nota El amor y el deber de dar al prójimo.  

    Al conocer su historia se me hizo imposible dejar de pensar en ella como uno de esos seres humanos que llamamos “ángeles en la Tierra”. De ella aprendí que todos podemos convertirnos en un “ángel”. ¿Por qué? Ustedes juzguen. Esther no tiene recursos suficientes para sostener su centro –lo hace con el 50% de su salario–, sin embargo, lo mantiene abierto porque entiende que es su deber ayudar a la comunidad donde se crió. En ocasiones se ha sentido flaquear, pero ahí aparece Nancy Gesare, la maestra del centro. “Es la que me ha animado en los pasados cinco años a no rendirme; cuando no tengo dinero (me ha dicho): ‘No me pagues mi salario, alimenta a los niños’”, comparte.

    Esther, además, me dijo algo que me provocó mucha admiración hacia la mujer africana. “Las mujeres son muy buenas, una vez tu apoderas a una mujer, apoderas a toda una comunidad porque las mujeres con pequeña educación hacen mucho”, sostuvo.

    Sobre los niños de Kibera, la maestra Gesare mencionó que “algunos padres no tienen dinero para llevar a sus hijos a la escuela secundaria. Los padres deberían promover que vayan a la escuela, pero no lo hacen, porque la mayoría se lleva a sus niños al trabajo para conseguir más dinero y comprar comida; y algunos trabajan cuidando a los bebés, lavando ropa o vendiendo comestibles”, destacó Nancy.

    Entre ellos conocí a Faith Wayua, una niña de 12 años que quiere ser abogada, aunque también modelo porque “pienso que tengo el tamaño”. La jovencita vive con su mamá, que vende vegetales, en una casa de cemento con dos cuartos, uno de ellos tiene tres camas para siete personas. Su realidad de vida podría hacernos pensar que no es feliz, pero me contestó que su infancia es buena porque “la gente me protege, me ama, me cuida y me respeta”. Claro, eso es lo que realmente importa.

    También sueña brincar el charco, pero hacia el otro lado, Estados Unidos, porque “siento que si voy es un buen lugar. Allá la gente es amable y cuidan de otros”.

    La Kenia que conocí 

    Poco a poco iba acumulando rostros y palabras que me mostraban a un país diferente al esperado. Con o sin escolaridad, varios de ellos me enseñaron que lo realmente importante muchas veces está muy lejos de lo que habitualmente consideramos lo es en la Isla.

    Sus historias me hicieron admirar el esfuerzo y la determinación de la mujer keniana, que sale al campo a fajarse bajo el sol para sustentar sus familias, muchas de ellas sin la figura de un padre; me enseñaron que la humildad, el agradecimiento al buen samaritano y la sencillez son valores que no hay que dejar perder; me enseñaron a valorar la infancia y la educación que tuve; y me enseñaron que la mirada inquisitiva del africano sobre el extranjero blanco es un acto de valentía pues la sostienen sin miedo, esperando iniciar una conversación que descubra el misterio que ven en éste, mientras que la mirada hipnotizadora del niño parece inyectarte a quien miran una cautivadora esperanza.

    27 de abril: Una charla con Margaret

    El sábado regresamos al orfanatorio para ofrecer la última jornada y realizar las últimas entrevistas. Entre mis intenciones, la principal era encontrarme con ella.

    Al poco tiempo de llegar, la vi: Margaret cargaba a Sara sobre el pañuelo de colores que aquel día contrastaba con su vestimenta negra, sin color adicional, hasta que apareció su sonrisa.  

    Me convertí en su sombra hasta que encontré la oportunidad de iniciar una conversación. Le hice el acercamiento y ella aceptó. La invité a sentarnos cerca de uno de los edificios del orfanato. Fue entonces que conocí su nombre.

    Reportera:  “¿Cómo te llamas?”

    Margaret :  “Margaret.”

    Reportera: “¿Dónde está tu mamá?”

    Margaret : “Ella se fue a caminar.”

    Reportera:  “¿A su trabajo?”

    Margaret : “Sí.”

    Reportera:  “¿Y Kevin?”

    Margaret : “Está comprando frijoles en Mururi.”

    Reportera:  “¿Y tú padre?”

    Margaret : “Se fue hace mucho tiempo.”

    Reportera:  “¿Lo extrañas?”

    Margaret: “No.”

    Pasé entonces a preguntarle de su educación. Margaret está en el nivel cinco de ochos que tiene la escuela primaria en Kenia.  

    Reportera:  “¿Qué materias escolares te gustan?”

    Margaret : “Matemáticas e inglés.”

    Reportera:  “¿Y qué te gusta jugar?”

    Margaret : “Fútbol.”

    (interrumpe la conversación para decir “gracias” a alguien que le da una galleta).

    Reportera:  “¿Conoces a ‘Amigo’ (así le dicen a Hernández)?”

    Margaret : “Sí.”

    Reportera:  “¿Cómo es él?”

    Margaret: “Bueno”.  

    Íbamos a seguir hablando pero llegaron la doctora y el enfermero para retomar el tratamiento de Sara. Otra vez el llanto. Otra vez el alivio. Margaret los acompañó. La niña miraba curiosa, maravillada, la curación de la pequeña Sara.

    Entre entrevista y entrevista, me encontré con una joven, Jane Mdwigah, vecina de la familia.

    Mdwigah  contó que algunos de los menores viven con sus padres, pero otros son huérfanos y están al cuidado de sus parientes. “Murieron de malaria, sida o tifoidea”, menciona.

    Reportera: “¿Qué sabes de la mamá de Sara?”

    Mdwigah:  “Ella es una madre soltera. Hace muchos años, no sé por qué.”

    Reportera: “¿En qué trabaja?”

    Mdwigah: “Ella es una buscadora de trabajos, en las fincas, lavando ropa; sólo conozco eso.”

    De la comunidad mencionó que solo una o tres casas tienen electricidad –el techo de zinc se convierte entonces en la secadora– y varias casas tienen acceso a agua que provee el gobierno a través de unas llaves, pero no la casa de Sara.

    “Las casas rentadas no tienen llaves de agua”, comenta Mdwigah cuando, de repente, siento que alguien acaricia mi espalda; volteo la mirada y es ella, Margaret.

    Unas ansias incontrolables por abrazarla me inundaron… Ella siguió ahí por un rato, mientras continuaba hablando con Mdwigah.

    La joven me dijo que, por ejemplo, ella no tiene electricidad, lo que lamenta porque le encantaría ver televisión; sí tiene agua, para la que su familia paga entre 300 a 400 chelines mensuales ($3.75 a $5.00).

    También estudia. Su deseo es ser ingeniera.

    Reportera: “Kevin (el hermano de Margaret) quiere ser ingeniero.”

    Mdwigah : “Ese es un buen sueño pero aquí tú tienes que luchar para ser quien quieres ser. Es muy difícil debido a la falta de dinero, los padres viven en pobreza.”

    Reportera: “¿Por qué tú sigues soñando?”

    Mdwigah:  “Porque te tienes que enfocar…”.

    ¿Enfocar? Mdwigah  era la segunda persona que me hablaba de que nos tenemos que enfocar en la vida. Y ahí va, otra lección que aprender.

    Ya casi nos íbamos. Solté la libreta y el bolígrafo, tomé la bola de plástico que donaron los puertorriqueños e invité a Kevin, el hermano de Margaret, a jugar. La intención era jugar voleibol, pero el niño de 11 años no era muy diestro, bueno, para ser honesta, yo tampoco. Pero eso qué importa. Le enseñé lo que aprendí durante mis años en el colegio y a divertirnos. Luego de varios minutos practicando, Kevin logró aprender la técnica.

    Reportera: “Prométeme que le enseñarás a Margaret a jugar.”

    Kevin: “Sí.”

    Era el tiempo de marcharnos; me monté en el autobús y me senté. De repente, ella se acercó. Un asiento detrás de un cristal nos separaba una de la otra, entonces, el juego empezó: su rostro aparecía y desaparecía, aparecería y desaparecía, aparecía y desaparecía… ella sonreía. En esos minutos, la miseria y las tareas del hogar no le impidieron mostrar su contagiosa sonrisa ni ser quien es, una niña.

    Esa fue su gran lección: Las circunstancias difíciles que nos toca enfrentar, ya sea porque llegaron en el paquete familiar o las adquirimos en el trayecto, no deben de ser más fuerte que nuestra voluntad de sonreír, no deben ahogar al niño interior que está dentro de cada uno de nosotros.

    Pero todo tiene un adiós. Le pedí a Margaret que se acercara a la ventana y le hice hacerme una promesa:

    Reportera: “Prométeme que no dejarás la escuela.” 

    Margaret: “Sí…”.

    Ya teníamos que marcharnos. Sólo Hernández permanecería unas semanas más en Kenia, luego regresaría a Puerto Rico y, par de meses después, a Kenia, y repetiría el ciclo. 

    Charles Mwangi encendió el motor del autobús y comenzó la marcha atrás, pero ella, contrario al resto de los miembros de la comunidad, caminó hacia nosotros. Entonces, Xavier la vio, y Margaret –con Sara a su espalda– nos dijo adiós…