• Kibera, Kenia. No es el final. Priscilla Rehema está convencida de que el desenlace de su historia no ocurrirá dentro de las entrañas del slum (barrio pobre) de Kibera.
  • Se resiste a creer que sus tres vástagos continuarán pisando los caminos de tierra obstruidos por montañas de basura que conducen a chozas de adobe y techos de zinc que apenas refugian a 700,000 kenianos acorralados por el agobiante “círculo de la pobreza”.

    Su vida allí tiene fecha de expiración –sostiene–, aunque lo que ve demuestra lo contrario; aunque tenga que lavar pilas de ropa; aunque no llegue a conseguir los 500 chelines ($4.00) diarios que le permitirían comer dignamente; aunque no tenga recursos para llevar al hospital a sus tres hijos, constantemente expuestos a la tifoidea, el cólera y la disentería; aunque no pueda pagar la renta del cuarto donde duermen los cuatro, algunos en el suelo; aunque lo que ve le diga lo contrario, Rehema cree que su vida puede cambiar.

    ¿Te gustaría mudarte?

    ¡Sí! Yo creo que algún día saldré de este lugar.

    ¿Para hacer qué?

    Yo quiero ser una mujer como otras mujeres porque esta no es mi vida, yo sé que un día Dios va a hacer un cambio para mi vida, sí.

    ¿Qué quieres hacer?

    Quiero hacer un negocio, pero ahora no tengo dinero para crearlo.

    ¿Qué te hace feliz?

    Mis hijos y mi hija Felicidad me hacen muy feliz, inclusive cuando no tengo nada para comer.

    ¿Hay días que tus hijos no pueden comer?

    Sí, algunos días comen; otros días no comen.

    ¿Qué es lo más importante?

    Lo más importante para mí, para vivir, es la salud y la comida, y entonces trabajar y traer dinero para pagar la renta, el agua, la escuela.

    La mujer, de 31 años, es madre soltera de un bebé y dos adolescentes porque el padre de sus vástagos “me dejó para irse con otra mujer. Me sentí muy mal. ¿Por qué nos dejó si tiene hijos?”.

    En las 10 villas que componen, según UN-Habitat, el segundo slum más grande de África, ubicado dentro del área de Nairobi, capital de Kenia, el acceso a las necesidades básicas es una preocupación constante: solo el 20 por ciento tiene acceso a la electricidad y el agua la obtienen a través de dos tuberías, a un costo de tres chelines ($0.03) para cada 20 litros, haciendo evidente la falta de inodoros, a excepción de unas pocas letrinas comunales; además, carecen de un sistema de recogido de basura.

    “La vida en el slum está llena de desafíos, es muy traumatizante nacer en un slum”, sostiene Esther Wambui, fundadora de la entidad sin fines de lucro Salima Children Centre, en Makina, Kibera.

    “La mayoría de las familias viven con menos de $1 (80 chelines). El poco dinero que consiguen lo usan para comprar comida”, explica.

    Por eso, abunda, cuando la consiguen, es “el único momento en que puedes decir que son felices, cuando están seguros de que al menos tienen una comida y sus niños pueden ir a la escuela”.

    Cada mañana inicia el interminable maratón de miles de hombres y mujeres que aspiran obtener los chelines necesarios para sobrevivir, ya sea como vendedores, ebanisteros, costureros, zapateros, jardineros, trabajadores de industrias u otros oficios –incluyendo la prostitución–, ya que la mayoría no tuvo acceso a la educación. “No van a la escuela, a pesar de tener acceso a la educación primaria gratuita, porque solo hay tres escuelas públicas en Kibera; no están capacitadas para acomodarlos a todos. Así que, en vez de enviarlos a la escuela, los envían a la calle a vender”, expone.

    Según Wambui, las familias están encerradas en el círculo de la pobreza. “Tus padres no tienen dinero, tú nunca vas a la escuela, y desde pequeña edad tienes que luchar por ti mismo; creces así y no tienes un trabajo, no tienes dinero, así que tienes que buscar otras formas de conseguir dinero para alimentar a tus niños; y él círculo de la pobreza continúa”, menciona.

    ¿Cómo escapar?

    La única forma de terminarlo es con la educación y los micropréstamos con intereses muy bajos para empezar negocios.

    Argumentó que hay que “proveer educación a la comunidad, empezando con la escuela primaria, luego la secundaria –que hay que pagar– y luego pasar a la educación técnica; con educación puedes conseguir un buen trabajo, tomar decisiones sabias y estar fuera de malas prácticas”.

    ¿Qué hace el Gobierno?

    El Gobierno trata, pero está agobiado, no lo pueden hacer ellos solos, necesitan ayuda de otros.

    Por ejemplo, la falta de hospitales o clínicas gubernamentales en Kibera es reemplazada por los servicios de organizaciones humanitarias como Médicos Sin Fronteras. “Es triste, pero es poco lo que yo puedo hacer para ayudar a toda la comunidad, solo puedo ayudar a unos pocos”, destaca Wambui, anfitriona de la entidad boricua A África con Amor, que ofreció una misión humanitaria en Kibera.

    Pero pese a este escenario, Rehema insiste: “Esta no es mi vida. Yo creo que esta no es mi vida. ¿Por qué yo? y otros están muy bien, tienen dinero, tienen muchas cosas; algún día voy a caminar fuera de este lugar”.