Los días en que vencimos la frontera entre ellas y nosotros

Por: Mario Alegre Femenías

En pocos lugares, la frontera entre el “adentro” y el “afuera” es tan dramática y evidente como en la prisión, sobre todo -claro- para quienes pasan sus días dentro de ese perímetro donde el tiempo apenas parece transcurrir y nada de lo que se cuenta es tan soporíferamente infernal como el encierro mismo.

Al poco tiempo de conocerlas, las tres comienzan a dejar escapar algunas lágrimas mientras nos cuentan sus historias con detalles de un pasado tan trágico que de alguna manera nunca deja de ser presente. Sus miradas se acostumbran poco a poco a la presencia de estos tres periodistas para desandar junto con nosotros los tortuosos caminos que las llevaron hasta esa celda de no más de 50 pies cuadrados en la institución penal donde purgan condenas por delitos que van desde el trasiego de drogas al asesinato.

Las tres mujeres tienen nombre, y esto que tan obvio parece, en realidad las humaniza de entrada y tiende el primer puente con los visitantes. Jackeline, Marta y Marinela se llaman y estamos ahí porque ellas así lo permiten cuando se les plantea la oportunidad de escapar metafóricamente de su encierro varias horas al día durante tres semanas para compartir con nosotros –y ahora con ustedes- sus experiencias mientras vemos en grupo los primeros 13 episodios de la serie "Orange is the New Black" y obtenemos sus impresiones sobre lo que “acá afuera” se presenta como manjar de entretenimiento televisivo con el tema de lo que se vive “allá adentro”.

Aceptan –dicen- porque en la prisión el compañero perpetuo es el aburrimiento, que se encarga de murmurar constantemente al oído cuanto tiempo de cautiverio queda por cumplir. Por eso, cuando les dicen que todo lo que tienen que hacer es ver la serie con nosotros y conversar, la elección es de una lógica contundente.

Comienza el último mes del 2014 cuando iniciamos nuestras visitas a la cárcel de mujeres de Vega Alta –o, si prefieren, su eufemístico nombre oficial, la Escuela Industrial para Mujeres- en un experimento que se prolonga hasta poco antes del día de Navidad.

Nuestras primeras sesiones son un tanto frías. Las tres se comportan bastante parcas, específicamente cuando nuestras preguntas van dirigidas a los aspectos más personales de cada una de ellas. No así cuando nos referimos a “Piper”, “Red”, “Crazy Eyes” y el resto de las protagonistas del popular programa de Netflix. De ellas hablan hasta por los codos y protestan cada vez que se acaba uno de los capítulos que vemos vía Internet a través de una laptop conectada a un proyector que plasma en una pantalla retractable la exitosa tragicomedia. Quieren ver más, y ¿quién puede culparlas? La serie es estupenda y se identifican con ella fácilmente.

Vemos la primera temporada completa junto a ellas (yo por segunda ocasión). Trece horas de drama y comedia que las llevan a especular todos los días acerca de lo que ocurrirá después. “Allá adentro” los fines de semana se les hacen –aseguran- “eternos”, más “eternos” de lo que pueden ser para usted y para mí “acá fuera”.

Mientras avanza la serie, la frialdad inicial se va derritiendo y dejamos de ser brevemente “ellas” y “nosotros” -reclusas y periodistas- para compartir la experiencia como espectadores. Poco a poco, comenzamos a hablar no solo de la serie, sino también de ellas y de sus vidas. ¿Quiénes eran? ¿Qué las llevó hasta ese lugar? ¿Cómo sus vidas pudieron haber sido distintas? Y -sobre todo- ¿por qué ocurrió lo que ocurrió? Obtenemos repuestas para estas preguntas y muchas más, excepto para la última. Esa, realmente no tienen manera de contestarla, al menos no por ellas mismas.

Las entrevistas las realizamos en la mencionada celda -ubicada en el salón de visitas de la institución- por una razón eminentemente estética: para utilizar de trasfondo las rejas que para nosotros son solo parte de una escenografía obvia y para ellas el elemento más cotidiano de sus vidas actuales. Sin embargo, estar tan apiñados nos ofrece cierto grado de intimidad que viabiliza la confianza que mutuamente se manifiesta. Nuestra curiosidad periodística nos estimula a indagar de manera incisiva y profunda, pero mientras más entramos en sus vidas, más quiero yo distanciarme.

No es fácil escuchar a estas mujeres hablar de los abusos físicos, emocionales y sexuales de los que fueron víctimas, incluso cuando estas funestas experiencias salen de la boca de una asesina convicta que cumple una sentencia de 45 años por el crimen que cometió cuando tenía 20 años de edad.

Yo nunca había estado en presencia de una asesina, y tan pronto sé de su crimen, obviamente quiero saber el “quién”, el “cómo”, el “cuándo”, el “dónde” y el “por qué”. Las respuestas llegan más temprano que tarde para todas y cada una de esas cuestiones, pero conocer el “por qué” -el verdadero “por qué”-, nos toma varios días de relatos que nunca justifican quitarle la vida a otra persona (de eso ella está consciente ahora) pero que ayudan a comprender las razones que la llevaron a hacerlo.

Son muchas las lágrimas que vemos derramadas durante esas tres semanas, pero sospecho que son pocas en comparación a las que han llorado a lo largo de sus vidas. Se trata de criminales convictas –dos por violaciones a las leyes de sustancias controladas y una por asesinato- pero las tres son prisioneras de sus circunstancias y de su pasado desde mucho antes que les dictaran sus sentencias, como parte de un entramado social en el que las desigualdades siguen siendo la mejor tierra de cultivo para vidas truncadas, como las de Jackeline, Marta y Marinela.

Son ellas protagonistas de una serie de la vida real que los invito a conocer y donde la ficción no existe.