Padre, amigo y patriota

Rosalina Marrero-Rodríguez
Primera Hora

Si algo recuerda la hija de Catalino "Tite" Curet Alonso (1926-2003) es el sonido de la maquinilla que usaba su padre todas las noches para perpetuar sus versos y canciones.

Y es que eran las horas de la noche las que parecían despertar al hombre romántico, al ciudadano doliente por las injusticias que atestiguaba en las calles de la patria.

"Papi era una persona tranquila, tenía dos formas de ser: el aspecto artístico y la persona", dice Hilda Curet Velázquez, la "baby" de los hijos del compositor.

El caminar lento, el tono de voz bajo y la sonrisa tímida del autor guayamés eran reflejo de una personalidad humilde, sencilla, entregada a su familia, a sus amigos y al arte.

"Siempre recuerdo que cuando éramos pequeños, especialmente los viernes, traía libros de cómics, dos sets, uno para mí y otro para mi hermano, siempre venía con eso y con una malta", comparte Hilda.

Tite Curet se hizo sentir en el hogar que levantó con la madre de sus hijos, Hilda Velázquez, en momentos buenos y no tan buenos.

Algo que su hija agradece fue el momento en que se sentó con ella, en una escalera, a hablarle de la separación de su madre.

Pero su ausencia fue sólo física, pues no faltó a las graduaciones y en los cumpleaños se anotaba la primera llamada.

"Lo artístico, todo el mundo lo conoce, pero en términos de la persona, era bien humilde y sencillo, con mucho conocimiento", describe quien tiene sus "musas", pero se las guarda para ella.

A nivel de gustos, el también columnista de espectáculos tenía una atracción por los sabores del mar.

"Él comía de todo y cocinaba un arroz con calamares buenísimo, y un asopao con camarones", relata Hilda.

Ese sentido de compromiso con los suyos, este cronista del pueblo lo extendió a sus amigos.

Para el licenciado Víctor "Vitín" Ramos, Tite era uno de los tres mejores amigos que ha tenido en sus 77 años.

Su amistad surgió en el correo del Viejo San Juan, donde laboró el escritor y donde tenían amigos en común. Sería entonces el año 1952.

"Lo más que nos unió a nosotros era el mucho conocimiento que él tenía de la música, no de la música escrita, sino de intérpretes de la música popular, principalmente de cantantes cubanos", rememora Vitín Ramos, quien fue a muchas fiestas en compañía de su amigo.

Algo que también era parte de su esencia era el buen humor, aunque su hija asegura que también tenía su "genio".

"Chistes estaba haciendo todo el tiempo y le decíamos que eran chistes crueles", cuenta su amiga Sonia López, a quien aún se le hace difícil asimilar su fallecimiento en el 2003.

"Fue una persona muy cariñosa, una persona muy seria, demasiado buena; cuando tenía una amistad, se entregaba".

Sonia López aún recuerda la vez que tuvo que salir en auxilio de Tite Curet, quien casi moría de frío mientras grababa su único disco Aquí estoy con un poco de algo durante un invierno en Nueva York.

Le llevó un té de manzanilla y lo abrigó mientras recibía las direcciones del productor musical, Jorge Millet.

Esa sencillez que lo definió como hombre contrasta con la gloria que representa Tite Curet para nuestra cultura.